Liturgia y piedad popular en el curso de los siglos
Las hermandades religiosas, nacidas con fines cultuales y caritativos, y las corporaciones laicas, constituidas con una finalidad profesional, dan origen a una cierta actividad litúrgica de carácter popular: erigen capillas para sus reuniones de culto, eligen un Patrono y celebran su fiesta, no raramente componen, para uso propio, pequeños oficios y otros formularios de oración en los que se manifiesta el influjo de la Liturgia y al mismo tiempo la presencia de elementos que provienen de la piedad popular.
Los descubrimientos geográficos iniciados a finales del siglo XV plantean, de una manera nueva, las relaciones entre Liturgia y piedad popular. En la tarea de evangelización del Nuevo Mundo, los ejercicios de piedad se convierten en un medio para transmitir el mensaje evangélico, y para conservar la fe cristiana.
Tras el Concilio de Trento, la Liturgia entra en un periodo de uniformidad sustancial y de un carácter estático persistente; frente a ella, la piedad popular experimentará un desarrollo extraordinario.
Durante el Barroco y la Reforma Católica, la piedad popular experimentó un crecimiento masivo mediante las misiones populares, cofradías, manuales de oraciones y el arte barroco. A menudo, los ejercicios piadosos se sobreponían a la propia celebración litúrgica.
La Ilustración contribuye a acentuar la separación entre la «religión de los doctos», potencialmente cercana a la Liturgia, y la «religión de los sencillos», próxima por naturaleza a la piedad popular. De hecho, doctos y pueblo se reúnen en las mismas prácticas religiosas. Sin embargo, los «doctos» apoyan una práctica religiosa iluminada por la inteligencia y el saber, y desprecian la piedad popular que, a sus ojos, se alimenta de la superstición y del fanatismo.
Durante la primera mitad del siglo XX, algunos de los exponentes más estrictos del movimiento litúrgico vieron con desconfianza las manifestaciones de la piedad popular y encontraron en ellas una causa de la decadencia de la Liturgia. Frente a este rechazo, Pío XII (Mediator Dei, 1947), defendió los ejercicios de piedad, con los cuales, en cierta medida, se había identificado la piedad católica de los últimos siglos.
Sería misión del Concilio ecuménico Vaticano II, mediante la Constitución Sacrosanctum Concilium, definir en sus justos términos la relación entre la Liturgia y la piedad popular, proclamando el primado indiscutible de la santa Liturgia y la subordinación a la misma de los ejercicios de piedad, aunque recordando la validez de estos últimos.
Desde el Concilio Vaticano II hasta la actualidad, la importancia de la piedad popular como instrumento de evangelización ha ido creciendo y consolidándose en la conciencia de los fieles y el Magisterio de la Iglesia.
Del cuadro histórico trazado aparece claramente que la cuestión de la relación entre Liturgia y piedad popular no se plantea sólo hoy: a lo largo de los siglos, aunque con otros nombres y de manera diversa, se ha presentado más veces y se le ha dado diversas soluciones. La historia muestra, ante todo, que la relación entre Liturgia y piedad popular se deteriora cuando en los fieles se debilita la conciencia de algunos valores esenciales de la misma Liturgia.
Liturgia y piedad popular son dos expresiones cultuales que se deben poner en relación mutua y fecunda: en cualquier caso, la Liturgia deberá constituir el punto de referencia para «encauzar con lucidez y prudencia los anhelos de oración y de vida carismática» que aparecen en la piedad popular; por su parte la piedad popular, con sus valores simbólicos y expresivos, podrá aportar a la Liturgia algunas referencias para una verdadera enculturación, y estímulos para un dinamismo creador eficaz.
